No sé por qué sigo molestándome por hacerle siempre el desayuno. Ayer fui al mercado porque ya se había terminado la comida; los precios solo suben y suben. Pero ¿cómo no hacerle de comer cuando cada día está más débil, más delgada, más frágil?
Tampoco recuerdo cuándo fue la última vez que me lo agradeció. Lo hago para que no tenga que preocuparse por cocinar ni por lavar los trastes. Es un pequeño apoyo que estoy feliz de brindar, pero a veces se siente más como una obligación y ni siquiera se molesta en agradecerlo.
En fin, todo sea por su bien. He leído que el síndrome de abstinencia es muy difícil de superar, por eso estoy tan empeñado en cuidarla. Me resultaba doloroso ver cómo siempre se inyectaba y que nadie se acercaba a ayudarla. Todos decían que estaba bien porque la veían socializar y convivir, pero así son estas cosas: es una máscara muy eficaz. La verdadera cara siempre aparece cuando todos esos químicos empiezan a abandonar el cuerpo.
Me tomó casi 2 horas anoche, pero encontré el maldito ruibarbo que tanto le gusta. Cuando empezamos a salir, me pareció curioso que su desayuno favorito fueran las tostadas francesas con compota de ruibarbo y mascarpone. Al principio pensé que estaba bromeando; jamás había escuchado algo tan rebuscado, pero aprendí a cocinarlo para ella.
De cualquier manera, sé que está funcionando. Ha estado bebiendo mucha agua, lo cual siempre es bueno. Antes se ponía demasiado a la defensiva, aunque ya no discutimos. La veo más tranquila, más en paz. Por eso sigo preparando sus comidas y llevándoselas a la cama.
Cada vez está más delgada; la pulsera de plata que siempre usa se le ve gigante ahora. Tal vez exageré al quitar los muebles, pero solo se estaba lastimando. Lo comprobé cuando rompió la ventana con la silla. Tuve que mover todo al otro lado del cuarto para que no volviera a hacerse daño. He procurado mantenerlo limpio, aunque ella siempre terminaba tirando la comida. Ahora está más dócil y si sigue así, la podré premiar dejándola salir al patio el fin de semana.
Hoy va a ser un buen día. Me esforcé mucho con el desayuno. Aún recuerdo la última vez que desayunamos así: ella estaba tan contenta que no podía dejar de reír. Creo que también estaba nerviosa; acabábamos de pasar nuestra primera noche juntos. Hace mucho que no intimamos. Me pregunto si después del desayuno estará de mejor humor. Las curvas que antes me resultaban tan sensuales en su cuerpo han desaparecido, y no quiero parecer superficial, pero me cuesta sentir el mismo deseo que antes. Pese a todo, sigo cuidándola; eso también es amor: querer que esté bien, que recupere las fuerzas y que vuelva a ser la de antes, solo que sin esas malditas inyecciones. Sigo sin entender por qué se alteró tanto cuando le dije que no se las daría, pero supongo que así son los adictos.
Al llevarle el desayuno, me da gusto que por fin no me agrede ni intente zafarse; creo que por fin entendió que hago esto por su bien y que es solo un mal pasajero. Me extraña que siga sin tocar la comida, pero imagino que el apetito le regresará poco a poco. Ya no tengo que limpiarla, solo acomodarla de vez en cuando. Ya no veo angustia en su rostro, ni siento que esté enojada conmigo.
Hoy iré de compras de nuevo. Necesito comprarle otro pantalón: el que lleva está ya muy sucio, gastado y le queda enorme después de perder tanto peso. También necesita otro suéter y buscaré otra de esas pulseras de plata; aunque la suya no tiene broche, se le resbala de la muñeca sin problema. Mandaré a hacerle una que tenga los datos de ambos en lugar de solo su nombre y su fecha de nacimiento. Ese símbolo de una cruz con una víbora tampoco me gusta; ella nunca fue religiosa. Y quitaré eso de «Diabetes»; en su lugar, pondré la fecha en la que empezamos a salir.
